viernes, 3 de febrero de 2012

Cap. 2°: El rubí


El rubí
Caminaron varios metros en la oscuridad y Ámbar sentía que las noches ahí eran totalmente diferentes a las que conocía. Esta­ban cansados, no habían dormido nada ni habían cenado. No estaban muy lejos del reino de Janas, donde la adivina los mandó. Desde donde estaban veían el gran fuerte, Ámbar lo vio como un gran sueño, jamás había visto un castillo, sólo por fotos, o por lo menos eso pensaba. Xinux no se había dado cuenta que estaban llegando, se encontraba muy pensativo.
El castillo estaba rodeado por un canal y el acceso a la entrada se daba por un gran puente. La gran puerta estaba abierta y dos soldados custodiaban armados la entrada.
-     ¿Adónde creéis que vas?- interrogó uno de los guar­dias, usando, al igual que el otro, la espada para interrum­pir el paso.
Xinux no supo que decir, parte de él no sabía que estaba haciendo allí, pero tampoco quería anunciarse como quien era. El soldado frunció el ceño, quería una respuesta inmediata, o por lo menos que no molestaran y se fueran. Xinux continuó en silencio y Ámbar no sabía qué hacer.
-     Si no tendréis nada que hacer, ¡Fuera de aquí o los ma­taré!
El guardia ya se abalanzaba sobre ellos cuando una voz lo detuvo.
-     ¡Alto! ¡En guardia soldados!- estos se pusieron el posi­ción de firmes al escucharlo - ¿Qué sucede aquí?
-     Comandante lo que pasa es...
-     ¡Callad soldado! Nadie os ha pedido que habléis - retó en­fadado - ¿Vosotros sois los invitados del rey, verdad? Disculpadme este mal entendido. Pasa, os llevaré de­ntro del castillo.
Así lo hicieron, pasando las casas de los campesinos, el co­mandante los dejó justamente frente a la puerta del enorme casti­llo, a merced de una mujer, que parecía ser una de las siervas del lugar.
-     Los estaba esperando. Pasad, los llevaré a vuestras habita­ciones, pero antes quisiese que comierais algo.  Estoy se­gura de que estáis cansados por el viaje.
Después de guiarlos al comedor y de servirles variedades de manjares, les propuso ir a las habitaciones. Xinux al igual que Ámbar estaban realmente atónitos, no entendían nada de lo que pasaba, pero aun así estaban dispuestos a llegar hasta el final, sin importar los obstáculos, ya que todo esto no le parecía una simple coincidencia. El castillo era muy agraciado, con majestuosas reliquias y grabados en las paredes.
Caminaron por unos pasillos y subieron varias escaleras, hasta llegar a un larguísimo pasillo, de muchas puertas. Cada puerta tenía un pequeño cartel con un número. Llegaron frente a unas habitaciones enfrentadas, la mujer abrió una de ellas anuncián­doles el fin del recorrido.
-     Hemos llegado. Ésta habitación, la quinta puerta a la dere­cha, será de la niña, y esa, la sexta a la izquierda, será del caballero. Mi nombre es Emma, ¿Cuáles es vuestros nombres?- al escuchar el silencio respondió -¡Qué torpeza la mía! Disculpadme, ya lo he recordado: Xinux y Ámbar, ¿Verdad?
-     ¿Cómo vosotros sabréis eso?- preguntó sorprendido
-     Me lo anunció Merry; el rey ni el príncipe están en el casti­llo. Fueron a Monts. Ahora bien, si queréis saber porqué estáis aquí tendrían que averiguarlos vosotros mismos, porque Merry no me lo ha concedido y no ima­gino la razón que debió de tener...
-     Os quiero agradecer por vuestra amabilidad hacia con no­sotros y quiero deciros que los amigos de Merry son mis amigos, estoy a vuestro servicio
Xinux hizo una leve reverencia, signo de aprecio. Ámbar lo imitó y luego se despidieron. Emma se fue, Xinux y Ámbar entra­ron en sus habitaciones. Ambos estaban cansados por lo que deja­ron sus bolsos a la orilla de la cama y se acostaron en esas enor­mes camas. Ella acomodo a Pardy a su lado, e igual que Xinux, se durmió. Él se despertó a los pocos minutos, pero Ámbar se hun­dió en un sueño profundo:
                                    ***
Se hallaba en ese mismo castillo, caminando por unos pasillos interminables. De pronto las luces se apagaron una por una, dejándola en total oscuridad, sólo la claridad de la noche ilumi­nada por la luna llena daba la posibilidad de ver. Siguió cami­nando y mientras lo hacía extrañamente las paredes, el techo y el suelo se fueron deformando, todo se volvió desagradablemente horrible, el cuerpo de Ámbar se cubrió de escalofríos. El corredor estaba cubierto de telarañas y había una gran cantidad de ratas, arañas, desperdicios y hasta huesos. Ámbar miraba a su alrededor, horrorizada por todo aquello, lo único que hizo fue correr.
El pasillo le pareció infinito y su corazón latía acelerada­mente. De repente delante de sus ojos se agrietó el suelo y em­pezó a abrirse. Ella se detuvo y miró hacia aquel hueco y pudo ver desde allí un cofre dorado, que brillaba sobre un escritorio. Sin apartar la vista del cofre pensó en huir, y al levantar la vista se encontró con que todo era nuevamente normal, miró otra vez donde se hallaba la grieta pero esta había desaparecido. A su lado había un reloj grande, de madera, al que se quedó mirando fija­mente como las agujas se movían y el segundero daba cada paso nombrándose con un ruido cada vez más fuerte,  que fue haciendo eco en su mente, dejándola hipnotizada. El reloj marcaba las 12:30 a.m. Sin darse cuenta algo se había acercado a ella y se estrelló sobre su cuerpo.
                                         ***
Asustada, despertó de un grito, su cuerpo y su cara estaba su­dando. Después de despabilares notó que Pardy no estaba en donde lo había acomodado dulcemente. Miró a su alrededor y vio su pe­queña y larga cola salir tras la puerta entre abierta de la habita­ción. Entonces, se levantó de la cama y lo siguió a paso lento. Aquel gatito caminaba ligeramente y se perdía al doblar por los pasillos, dándole trabajo a Ámbar que le seguía sin dar a co­nocer su presencia, quedándose a distancia y observando todos sus movimientos. De un momento a otro, Pardy sube por una mesa, la cual se hallaba en uno de los corredores, y salta sobre algo, que desde donde estaba no logró divisar. El peso del gato inclinó aquel objeto, pero este se quedó sentado sobre el sin darle impor­tancia.
Ámbar se fue acercando, para agarrar a aquel travieso y aco­modar aquel artefacto. A medida que se acercaba se fue asom­brando al notar que era un reloj, pero no cualquiera, sino el de su sueño, se quedó mirándolo fijamente, marcaba las 12:30 a.m. De pronto Pardy salta sobre ella, asustándola tanto que dio un grito, el cual resonó por los pasillos, prolongado por un leve eco.
Xinux estaba acostado sobre la cama, muy cansado por el viaje, el sueño le ganaba. Aun sintiéndose así no podía dormir, pues estaba muy preocupado. Se levantó de la cama y salió de la habitación. Eran las 11:45 p.m. y habían pasado 15 minutos cuando el regresó. Se volvió a recostar en la cama, tratando de conciliar el sueño, pero le era imposible. Dio mil y una vueltas en la cama tratando de dormir, pero nada resultaba. Cansado de intentarlo, se recostó boca arriba mirando fijamente el techo, pensando en la primera vez que la volvió a ver a Ámbar, así como la descubrió, tan bella. Se quedó pensando en sus ojos, cuando al fin volvió a mirarla nuevamente en esos ojos azules y recordó aquella mirada con la que le respondió.
Había pasado más media hora, eran las 12:30 a.m., cuando de re­pente escuchó un grito. Sobresaltado se levantó y salió co­rriendo por el corredor, guiado por aquel eco que poco a poco se desva­necía. Desconcertado se paró justo frente al reloj, estaba cansado, había corrido por todos los corredores durante más de 15 minutos, sin encontrar a Ámbar, a quién buscaba, ya que, estaba seguro de que era ella.
Decidió volver a su habitación, preocupado por no haber en­contrado a la dueña de aquel grito. Llegó a la puerta de su habita­ción, pero la duda lo invadió y echó un vistazo a la puerta cerrada de Ámbar. Abrió y pudo ver asombrado a Ámbar durmiendo cómodamente junto a Pardy. Más tranquilo ya, pero aún algo extrañado, se fue a su habitación con la cálida imagen de Ámbar acurrucada sobre las sabanas de su cama.
-     Parece un ángel - suspiró - pobrecita tantas cosas que va a pasar, lo malo que está por venir, ella no lo sabe y será muy tarde para cuando lo sepa.


Amanecía, Ámbar despertó con los rayos del sol que entraban por la ventana abierta de par en par, las cortinas blancas volaban suavemente por la brisa refrescante que llenaba de vida a aquel lugar. Pardy se encontraba jugando con un ovillo, que ni se ima­ginaba como había llegado allí.
-     ¡Pardy!, ¿Qué haces con eso? ¿De dónde lo sacaste?
El pequeño se acercó a ella y se dejó agarrar por las delicadas manos de su nueva dueña, quien la puso sobre la cama, en ese justo instante llamaron a la puerta.
-     ¡Pase! - contestó ella.
-     ¡Buenos días! ¿Cómo habéis amanecido? - exclamó Xinux tímidamente, asomándose detrás de la puerta.
-     Pasa. Bien, ¿Y tú?
-     Bien... – dudó
-     ¿Dormiste bien anoche?
-     En realidad no, tuve problemas para dormir, pero nada fuera de lo común. ¿Vosotros habéis dormido bien? ¿Os habéis despertado por la noche?
-     Sí, me desperté, tuve una pesadilla y me levanté sobre sal­tada, a eso de medianoche.
-     Eso explica el grito - dijo para sí.
-     ¿Qué?
-     Nada importante, estaba pensando en voz alta. Os venía a decir que será mejor que hoy mismo marchemos al Reino Yahannat - ella asintió - Le recomiendo que descanséis y que comáis bien. Ahora me marcho, así podéis seguir con vuestras cosas, permiso.
Xinux salió de la habitación y se encontró con Emma en la puerta.
-     ¡Buenos días, mi lord!
-     ¡Buenos días!
-     El desayuno está listo, quisiera que vosotros me acompañ­éis al comedor.
-     Así lo haré.
-     Avisaré a Ámbar, esperadme un segundo.
-     ¡Pase! - exclamó Ámbar al escuchar nuevamente tocar la puerta.
-     ¡Buenos días, mi lady!
-     ¡Buenos días!
-     Quería avisarle que el desayuno está servido.
-     Bueno, Esperadme un momento, me cambio y los alcanzo.
-     Claro, no os preocupéis, esperaré tras la puerta - tranqui­lizó y luego se retiró.
Buscó su equipaje a su alrededor, ya no estaba donde lo había dejado, sino sobre un mueble de a habitación. El bolso se hallaba ordenado, pero a ella eso no le llamó la atención. Buscó dentro de éste algo para ponerse y su mano sintió algo frío y pequeño. Sacó aquel objeto, encontrándose con una llavecita metálica, en ese instante se le atravesó la imagen del cofre del sueño.
-     ¿Mi lady, estáis lista?- preguntó Emma, tras la puerta.
-     Un momento, ya voy- respondió.
Dejó la llave en donde la encontró y sacó un vestido de color manzana, se lo puso velozmente, luego cepillo su largo cabello, agarró a Pardy entre sus manos y salió de la habitación.
-     ¡Ya estoy lista! - exclamó - ¡Podemos irnos!
Marcharon los tres, y mientras caminaban, Ámbar se perdió entre sus pensamientos, en su mente se le atravesaban millones de imágenes.
Se recordó ante aquel reloj, mirándolo fijamente, cuando de pronto Pardy salta sobre ella asustándola tanto que retrocedió e inmediatamente y cayó al suelo. Al darse cuenta de lo sucedido agarró a Pardy y lo acarició diciéndole: <<Pequeño travieso, ¿dónde crees que vas?>> Dejó al gatito en el suelo, se levantó y acomodó el reloj, en ese segundo y sin poder darse cuenta, hasta ya muy tarde, el suelo se desapareció dejándola caer. Cayó sobre un colchón, él cual llenó de polvo el ambiente, parecía que había estado muchos años allí.
Sin entender en donde se hallaba, miró a su alrededor y se en­contró en una habitación oscura y abandonada, llena de insectos, telarañas y envuelta totalmente en polvo. Miró hacía arriba y vio como una tenue luz atravesaba aquel hueco por donde había caído, era lo suficientemente grande como para que ella pudiera caer en él. Miró nuevamente a su alrededor, pero esta vez lo hizo con el propósito de saber que había en ese lugar y porque estaba abandonado. Mirando superficialmente las cosas, algo le llamó realmente su atención. Sobre un escritorio se encontraba un cofre, pequeño y opaco, y sin pensarlo dos veces se acercó a él. Tenién­dolo en sus manos sopló con gran fuerza, descubriendo luego que poseía un increíble brillo dorado, lo cual le hizo recordar el cofre de su sueño.
Observó el cofre, lo examinó detalladamente notando una pe­queña cerradura, la cual se hallaba cerrada, pero no encontró la llave. La buscó por sus alrededores, con la vaga idea de poder encontrarla, ya que la oscuridad y el polvo se lo imposibilitaban, hasta que creyó que era mejor marcharse, pero antes quería llevar con­sigo el cofre. Ya lo tenía en sus manos, cuando el maullido de Pardy la alertó y decidió salir rápidamente de ahí. Los muebles se encontraban amontonados bajo aquella abertura, los cuales habi­litaban la posibilidad de salir. No le fue difícil escalarlos, ya que, en pocos minutos se encontraba fuera. Apenas salió, aquel hueco se cerró incomprensiblemente detrás de ella. Con temor se le­vantó, alzó a Pardy y salió corriendo hacía su habitación. Con mucho esfuerzo logró encontrar la puerta correcta, la abrió, entró dejando, sin darse cuenta, la puerta entre abierta, dejó el cofre bajo la cama y se acostó, casi desplomándose sobre la ella, pa­recía haberse quedado dormida, porque sólo vio una imagen ne­gra.
Ya habían llegado al comedor, Xinux miraba fijamente al plato, deslizando con su tenedor su comida de un lado para otro. Ámbar comía distraídamente, hasta que el incesante ruido del tenedor raspando el plato le llamó la atención.
-     ¿Qué te pasa?
-     Pues nada importante... - suspiró - No dormí bien ano-che. Querría preguntaros algo, claro, si mi lady me lo permite.
-     Sí, dime.
-     Anoche, ¿Salisteis de la habitación?
-     En realidad... - dudó - Sí, ¿por qué?
-     Es que anoche estaba preocupado y fui a vuestra habita­ción para ver si os encontrabais bien, si necesitabais algo, como vi que dormíais y os encontrabais bien me fui, pero torpemente deje la puerta entre abierta.
-     Pues sí, salí. Eso explica como Pardy salió de la habita­ción, pero tanto cuando salí como cuando entré dejé la puerta entre abierta...
Xinux se quedo pensativo, alguien más parecía haber entrado en la habitación, pero “¿Quién?”, se preguntaba, no le quedaba claro y volvió a preguntar, tratando de averiguar si podía ser una idea absurda la que tenía.
-     ¿En ningún momento salisteis de nuevo?
-     No.
-     ¿Estáis segura?
-     Sí, estoy segura.
-     Tal vez... - pensó, y dirigiéndose a Emma, que estaba tra­yendo el postre, exclamó - Señorita Emma, ¿Vosotros, por casualidad, no habéis entrado a la habitación desig­nada a la señorita Ámbar a horas de la noche?
-     No mi lord - aseguró - Anoche no...
-     ¿Y fue en algún otro momento? - interrogó, la respuesta le había intrigado.
-     Sí, hoy al amanecer fui a abrir las ventanas, y como vi que todas las cosas estaban hechas un desorden, me tome el atrevimiento de acomodarlo.
-     ¿Qué? - exclamó Ámbar, no entendía nada, ella no había to­cado el bolso, como mucho lo había puesto a orillas de la cama.
-     Sí, vuestras cosas estaban desordenadas por toda la habita­ción. Yo me tome el atrevimiento de acomodar las ropas y meter las cosas en vuestro bolso, hasta la llavecita que estaba bajo la cama. ¿Por qué? ¿Os falta algo? Tal vez quedo bajo la cama. ¿Quisierais que lo busque?
-     ¡No! - gritó - Estoy segura que no me falta nada, sólo era porque como estaba todo cambiado de lugar - aclaró y agradeció - ¡Muchas gracias!
Xinux la miró asombrado ante semejante negación casi ins­tantánea, le parecía que algo no quería que encontrara en su habitación, pero “¿Qué?”, pensó.
-     Estoy a vuestras órdenes, no hay que agradecer. Aquí les dejo el postre, debo seguir con mis labores - informó son­riente.
-     Se ve delicioso - la halagó Ámbar apenas lo vio, Emma son­rojó, pero aún más cuando Ámbar manifestó - Está delicioso, verdaderamente exquisito.
-     ¡Gracias! - exclamó y en seguida se marchó.
Ámbar estaba muy insegura, no sabía si debía de decirle lo del cofre y lo que había pasado anoche, pero no sabía cómo hacerlo así que calló.
-     Con su permiso - dijo Ámbar.
-     Propio – respondió Xinux y ella prosiguió.
-     Me iré a la habitación.
Ámbar marchó, entró a la habitación y se recostó boca arriba sobre la cama, fue en ese momento cuando se acordó de aquella llavecita que había encontrado. Trató de ignorarla, pero no resis­tió, sintió la necesidad de ir por esta, tanta fue la tentación que rápidamente buscó la llave en aquel bolso. Cuando finalmente la tenía en su poder la agarró como si fuera algo muy valioso, soste­niéndola fuertemente a puño cerrado, como si se le fuera a esca­par. Se acercó a la cama y se sentó sobre sus talones sacando con su mano hábil el cofre y cuando estuvo fuera dejó caer la llave al piso. Sujetándolo con las dos manos, lo depositó suavemente sobre la cama. Agarró nuevamente la llave y la introdujo en la cerradura dándole una vuelta. Al terminar de girar la llave, la sacó y en ese mismo momento el cofre se abrió dejando a la vista una gran y perfecta gema, tan brillante como un diamante. Era un colgante con un precioso rubí, seguramente alguien logro partirlo porque le faltaban pedazos. Era tan magnífico que robó la admi­ración de ella y la sedujo completamente, sentía como una atrac­ción sobre este objeto, algo que no lograba entender. Su corazón latía fuerte parecía que iba a estallar.
Metió la mano delicadamente bajo el rubí, levantándola hasta la altura de su pecho y luego con su otra mano cerró la que sos­tenía la reliquia. Fue entonces cuando sintió algo en sí que le forzó presionar fuertemente sus manos. En su mente se atravesa­ron miles de imágenes proyectadas como un vídeo entrecortado.
Ve entonces un carruaje yendo a gran velocidad por un ca­mino, siente como este se balancea de aquí para allá en las curvas del camino por el gran y oscuro bosque. Luego escuchó el llanto de una criatura y ve como una muchacha joven arropaba a una pe­queña con sus mantos blancos, lloraba, sus ojitos tan chiquitos y azules daban tanta ternura. La imagen fue superpuesta por otra, la cual no era nada grata. Ve a la misma mujer tirada en el suelo inconsciente. A pocos metros dos hombres a duelo, peleando con sus espadas acaloradamente. Miles de soldados los rodeaban a unos cuantos metros de ellos, no les veía sus rostros, apenas veía sus armaduras y armas reflejadas en la luz de la luna llena. En el cielo ninguna estrella. Poco a poco los árboles fueron tapando ese cielo azul oscuro, parecía estar en movimiento.
Después de esto, ella volvió en sí, ya no veía ninguna imagen, ahora todo era normal. Se dio cuenta que había arrojado el rubí, sin saber en qué momento, ahora se hallaba al final de sus pies, había cambiado su postura tras la visión. Volvió a coger el rubí dejando el hilo, el cual lo sujetaba, colgando y lo miró atenta­mente, tratando de descubrir que era lo que le provocaba ese insólito sentimiento que no podía describir.
Xinux terminó de comer y se fue a su habitación. Por el ca­mino se acordó de algo y salió corriendo. Al entrar en su habita­ción buscó el bolso e intentó hallar algo desesperadamente. Pa­recía que era algo muy importante para él, pues su rostro presen­taba preocupación. Al final terminó sacando todo del bolso sin encontrar lo que buscaba. Lo buscó por toda la habitación sin tener éxito, parecía que ya no estaba allí lo que deseaba encontrar, alguien tal vez se lo había llevado. Resignado, dejó de buscar y empezó a ordenar aquel caos en que se veía envuelto.
Cuando acabó, se acostó en la cama boca arriba cansado y respiró muy profundo.
-     Alguien nos está siguiendo, alguien entró en la habitación anoche, cómo lo hizo en la de Ámbar. ¿Para qué quería la llave? Ni yo sé los secretos que se esconden atrás de ese pequeño objeto y que contenidos guardan aquella cerra­dura a la que corresponde esta - exclamó extrañado y algo abrumado - Pero tendré que seguir adelante hasta el final, no puedo dejar que el futuro de ella se escape de mi lado como agua entre los dedos - se alentó al fin - no, no lo haré...
Xinux apenas sabía algunas que otras cosas, pero sabía muy bien que Merry le podía sacar cada duda que tenía, pero este no quería decirle nada, le comentó un día, que supuestamente, no podía porque era su destino. Lo había pensado mucho, pero al fin se decidió y fue a hablar con Ámbar, dejando el bolso junto a la puerta se marchó. Ella estaba dominada por aquel fantástico ob­jeto, cuando escuchó la puerta.
-     ¡Un momento! - gritó mientras acomodaba el rubí en el co­fre.

Cerró el cofre, dejando la lleve dentro y la ubicó bajo la cama, luego se recostó y indicó que podía pasar.
-     ¡Pase!
-     Permiso. Mi lady, le debo de dar una noticia imprevista.
-     ¿Qué ocurre? ¿Sucedió algo malo?
-     No, no os preocupéis, está todo perfecto, sólo es un cam­bio de planes.
-     Dime la verdad, Xinux - ordenó ella, descubriendo que le ocultaba algo, notaba que no le decía la verdad.
-     Alguien ha entrado anoche a nuestras habitaciones, parece que sigue nuestros pasos, debemos irnos... - le confesó desconcertado, no sabía cómo había descubierto que mentía - No puedo ocultaros nada, como siempre me des­cubres cuando os oculto algo o miento, aunque sólo lo haya hecho para jugar por aquellos años.
-     ¿Enserio? - exclamó confundida.
-     Sí, por esa razón os lo digo. Bueno ahora que sabéis me gustaríais que juntaseis vuestras cosas para marcharnos de aquí lo más pronto posible. Iba a esperar que almorcemos pero creo que no debemos de perder más tiempo. Mien­tras tanto avisaré a Emma nuestra retirada del castillo.
Ella asintió vagamente, él se retiró de la habitación y fue al encuentro de Emma, la cual se encontraba en la cocina amasando.
-     Disculpad, vuestra merced- exclamó muy educado.
-     Sí, mi lord.
-     Quería avisaros que nos iremos ya mismo de Janas, es que ocurrió un imprevisto y no podemos quedarnos más tiempo.
-     ¿Es algo malo?
-     No, sólo es un cambio de planes, nada malo, no os preocupéis. Bueno, os agradezco vuestra ayuda y le pido que no digáis nada de lo que sabéis a nadie, con excep­ción de Merry, claro.
-     Lo sé. Espero que os vaya bien y que logréis lo que buscáis.
-     Gracias, ahora me iré a mi habitación a recoger mis cosas, con su permiso.
-     Propio.
Cuando al fin se fue Xinux, Ámbar se arrodillo al lado de la cama, sacó el cofre, lo abrió, lo depositó sobre la cama y buscó algo en su bolso. Sacó de allí un libro, un cepillo, un trozo de papel, el cual parecía un pergamino, dejándolos sobre el mueble y se llevó consigo aquel elemento que buscaba. Se acercó nueva­mente al cofre extrajo el rubí y lo introdujo en una bolsita marrón de tela, que era lo encontró extrañamente en su bolso. Estaba a punto de cerrar el cofre, cuando vio que aquella tela, la cual cubría el fondo de este, se había destapado en un rincón, dejando a la vista un papel de color blanco. Quitó la tela y sacó el papel dándolo vuelta. Lo que contempló era imposible de creer, era el rostro de aquella mujer que vio en su visión, su rostro tan lleno de luz y calma, acompañada de una dulce sonrisa, a diferencia de aquel rostro anterior que nada se parecía, ya que aquella presen­taba angustia y miedo. Era una bella mujer, de cabellos rubios y ojos azules. Aquella muchacha que apreciaba parecía un ángel, con su vestido blanco y su corona de rubíes, tan fina y delicada, que le daba un toque de magia a tan delicada figura angelical.
Ámbar suspiró profundamente, reflejada, en su imaginación, por aquellos ojos azules de aquella joven y volvió a suspirar, este nacía de lo más profundo de sí, lleno de nostalgia y dolor. Sin darse cuenta, de sus ojos cayeron unas lágrimas tan brillantes como aquel rubí y tan claro como agua de manantial. Su miraba se encontraba fija al retrato, era una pintura tan perfecta y tan hermosa como aquella mujer.
Al darse cuenta de que había derramado unas lágrimas, se secó sus mejillas y apartó la imagen, dejándola a un costado, junto con la bolsita marrón. Miró una vez más al cofre y encontró otro retrato, esta vez era la de un hombre. Este hombre, tan apuesto como varonil, se veía fuerte y confiado en sí mismo. Era un guerrero, teniendo en cuenta su extraordinaria y poderosa armadura. Sus ojos eran color miel y su pelo negro como el de Ámbar. En su cabeza tenía una corona dorada, como la de un príncipe, incrustada con piedras preciosas. Aquel rostro le parecía tan familiar, pero ella no recordaba haberlo visto nunca.
En el cofre no había nada más, sólo una mínima llave, aún más pequeña que la anterior. Juntó los retratos, se le había ocu­rrido ponerla en aquel libro, pero este tenía un candado pequeño, por lo que pensó ocurrentemente que la llavecita que estaba en el cofre pertenecía al libro. Agarró la llavecita e intentó abrir el candado, lográndolo efectivamente. Guardó las imágenes dentro de éste sin llamarle la atención lo que había dentro y cerró el candado, luego guardó la llave junto al rubí. Cerró el cofre y lo guardó junto a sus cosas. Esta última llave también la guardo en aquella bolsita junto al rubí y a la llavecita, luego recogió las cosas y las colocó dentro del bolso.  Al finalizar, llamó a Pardy, lo tomó entre sus brazos, recogió el bolso y salió de la habitación.
-     Estoy lista, Xinux - exclamó cuando lo tuvo enfrente - po­demos irnos cuando gustes.
-     Bueno, yo ya he guardado provisiones para el viaje, creo que será suficiente - le comentó y luego con gran amabi­lidad le expresó a Emma, quién se encontraba a su lado, su gratitud - ¡Muchas gracias por todo! Adiós, espero vedla nuevamente, mucha suerte.
-     Adiós Emma, muchas gracias, eres muy buena, mucha suerte - añadió Ámbar.
-     Adiós, yo os agradezco a vosotros, fue un gran honor ayu­daros, mucha suerte, que mi Diosa Ura los proteja y los bendiga.
Ambos marcharon, un soldado los acompañó hasta la salida. Nuevamente se encontraban fuera, tal vez peores peligros le espe­raban, quizás ya no sería una persona únicamente la que los estu­viera espiando, siguiendo y atormentándolos.
Xinux descubrió que era Ámbar quien le podía decir toda la información que quería saber, por eso le era importante que pu­diera recordar. Tenían mucho camino por recorrer y le iba a ser eterno, por lo que intentó entablar conversación, ya que ella se encontraba muy callada y pensativa acariciando a Pardy, mirando distraídamente los árboles de su alrededor.
-     ¿Cómo se ha portado el pequeño Pardy en este corto plazo?
-     Bastante bien, creo - dudó - pero es tan dulce y cariñoso que no importaría si hace lío - los dos rieron.
-     ¿Y cómo os sentís?
-     ¿Realmente quieres saber?
-     Sí, por esa razón os preguntó - afirmó triste ante semejante pregunta, la cual ponía en duda su preocupación por el bienestar de la persona que más apreciaba.
-     Pues… Más confundida que antes… - suspiró - Pero ahora con una pena.
-     ¿Por qué?
-     No sé realmente. Pero es muy largo de explicar, no encontra­ría las palabras correctas para explicarlo, además nunca entenderías…
-     Tenemos todo un día para que expliquéis, al anochecer llega­remos a Zelash, finalmente.
-     Los extraño - comenzó a asegurar - extraño una familia, no recuerdo a mi padre ni a mi madre y no sé si tengo fami­lia… Como… No sé… algún pariente, hermanos, primos, tíos… Qué alguien me diga quién soy, estoy tan aturdida con todas estas cosas nuevas que me confunden más. Esas imágenes que se proyectan en mí de algo que no sé si existió alguna vez…
-     ¿Qué? - dijo admirado - ¿Imágenes? ¿Tal vez un recuerdo?
-     No sé…No me vi en ninguno, excepto… - pensó - En aque­lla donde escalaba una montaña, pero no creo que sea de mi pasado, mi cuerpo no es de hace unos años.
-     ¿Aparte de eso habéis visto imágenes? ¿Recuerdos de algo? Tal vez es un gran avance, quizás estás muy cerca de que vuelva tu memoria.
-     Mi memoria… - su voz se fue apagando al nombrar pala­bra, apenas se escuchó lo que pronunció, su mirada se quedó fija. Recordó aquella imagen de la mujer tirada en el suelo - ¿Mi madre murió…? - susurró, luego gritó, como pudo, con temor y confusión - ¡No…!
-     ¿Qué pasa Ámbar? ¿Qué os ocurre?
Ámbar se arrodillo en el suelo, sentándose sobre sus talones, y se echó a sollozar.
-     Madre, tú no estás muerta, yo te voy a liberar, no me voy a rendir… Quisiera que alguien me ayude…
-     ¿Qué? - investigó Xinux, parecía que había recordado todo, sin embargo no entendía que era exactamente lo que decía.
Ámbar inclinó la cabeza, llevándose las manos al rostro. Luego se levantó lentamente, miro fijamente a Xinux, que atónito la miraba sin entender nada. Sus miradas chocaron nuevamente, los ojos de Ámbar que estaban más celestes que el cielo, se fue­ron cerrando y repentinamente se desmayó perdiendo el conoci­miento. Xinux cada vez más aturdido, y ahora asustado al ver a Ámbar inconsciente en el suelo, no supo qué hacer. Se agachó y la tomo entre sus brazos.
-     ¡Ámbar! ¡Despertad! Por favor despertad, no os podéis ir ahora… ¡No me dejéis…!

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